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Naranjas

09/10/2018

Cuento. Esbocé esto yendo al trabajo hace dos años y me he animado a arreglarlo y compartirlo al leer el cómic «A Glance Away» de Clara Cortés.

La veo cada mañana en el tren.

 

Cuando me subo, ella ya está allí, sentada de espaldas a la ventana que da a la otra vía, con las piernas juntas para no ocupar espacio y el bolso sobre ellas, con las manos encima. Por su expresión parece que duerme, pero sus ojos están abiertos, mirando por encima de las cabezas de la gente que se sienta frente a ella, perdidos en el andén que hay tras el cristal.

 

Va siempre arropada en un abrigo pardo que parece salido del armario de un camarada del 42. Nunca se ve bien lo que lleva debajo porque lo tapan sus coloridas bufandas. Desde que empezó el invierno y comenzamos a ir en el mismo vagón, he contado un total de cinco: la marrón y beige, la verde lisa, la roja de lana gruesa, la morada con flecos y la de rayas de colores. Las faldas hasta los pies parecen ser su prenda de ropa favorita, aunque alguna vez la he visto con faldas más cortas, todas ellas con bordados o estampados o algún tipo de adorno. Si hace mucho frío fuera, un gorro de lana color oliva le cubre la cabeza y unos guantes a juego acompañan al bolso bajo sus manos.

 

La primera vez que me fijé en ella fue porque llevaba una falda que parecía la carpa de un circo, larga y con mucha tela de colores vivos, no porque fuese particularmente guapa: No tiene una cara como el rostro de un ángel, ni su pelo brilla como el sol sobre oro puro, ni sus dientes son como perlas, ni sus ojos refulgen como zafiros o esmeraldas. Además, la bufanda impide ver si su cuello es el de un cisne y las mangas del abrigo si sus manos son finas y delicadas. A veces pienso que, si no fuese vestida de esa forma tan especial, nunca me habría llamado la atención, igual que el resto de la gente con la que comparto trayecto todos los días. Sí, me acabaría sonando su cara, pero no esperaría casi con impaciencia a que llegase el tren por la mañana para poder verla.

 

O tal vez sí.

 

Tal vez sí me hubiese fijado en ella la primera vez que sacó una naranja del bolsillo y mordió un poco la piel, para después empezar a pelarla con los dedos. Cuando partió el primero de los gajos, todo el vagón empezó a oler a naranja, por encima de los aires de tabaco adheridos a los abrigos, y del insistente olor a frío que penetraba en nuestras narices para recordarnos, cada vez que entraba una nueva tanda de pasajeros, que fuera seguía siendo invierno.

 

¿Sabrán sus besos a naranja?

 

Cada día es igual: entro en el vagón, busco con la mirada dónde sentarme y alcanzo el lugar elegido lo más rápido que puedo. Después, la busco a ella. La miro un instante, ella no se da cuenta de que lo hago, y ahí termina todo. Dudo que se haya fijado alguna vez en mí, va tan abstraída con lo que ve por la ventana que apuesto a que sus ojos serían capaces de atravesarme, sin darse cuenta de que estoy ahí. Nunca he hecho nada para llamar su atención; a nadie le gustaría darse cuenta de que le observan. Además, ¿qué podría decirle? Hola, no me conoces, pero creo que me he enamorado de tus faldas de colores.

 

Hola, nunca hemos hablado, pero creo que me he enamorado de la forma en la que miras por la ventana.

 

Hola, no sé de dónde vienes ni a dónde vas, pero creo que me he enamorado del olor de tus naranjas.

 

Hola, no sé siquiera tu nombre, pero creo que me he enamorado de ti.

 

Cada mañana agoto el repertorio de cursiladas que podría decirle.

 

Cada mañana cancelo nuevos métodos de acercarme a ella.

 

Cada mañana reprimo el impulso de simplemente sentarme a su lado, y decirle que verla en el tren es mi pequeño premio antes de ir a trabajar, que me encanta su ropa, sus ojos, sus naranjas…

 

Simplemente me siento en el asiento, que ni siquiera es el de enfrente, y trato de pensar en cómo reaccionaría yo si alguien se me acercase así, de pronto. Y concluyo que no es una buena idea.

 

Hoy diluvia.

 

Puedo ver, ya desde fuera de la estación, que hoy voy a encontrar mucho más difícil conseguir un asiento.

 

En el andén se agolpa mucha más gente de la que hay habitualmente, y el tren llega todavía más lleno.

 

Como puedo, entro en el vagón de siempre y lucho por encontrar aunque sea un hueco de pie junto a la puerta, para poder apoyarme. Tras abrirme paso pisando pies y pidiendo disculpas, llego a la puerta contraria, la que se abrirá al llegar a mi parada, y apoyo el hombro contra el cristal, que está frío a través de la chaqueta.

 

Sólo cuando el tren se pone en marcha reparo en el abrigo pardo, la falda de colores y la bufanda morada con flecos con las que comparto la puerta. Parece incómoda, aprieta su bolso contra ella con ambas manos, intentando hacerse pequeña para ocupar el menor espacio posible. Con cuidado, y aunque yo apenas abulto, hago lo mismo, apretándome contra la puerta para dejarle algo más de sitio. Nuestras miradas se cruzan y ella me sonríe. Y yo, idiota de mí, me sonrojo y bajo la mirada.

 

El traqueteo del tren y el murmullo de los que hablan ahogan mis pensamientos.

 

No es hasta que el olor a naranjas me llena la nariz que me atrevo a levantar la cabeza.

 

Fiel a su costumbre, está pelando la fruta con los dedos, guardando las mondas de nuevo en su bolsa, pues hay demasiada gente entre ella y la papelera. Dividida entre su tarea y el esfuerzo por no caer, puedo ver las finas líneas de concentración en su rostro, así como un buen pedazo de su labio inferior que desaparece bajo los dientes.

 

Mentiría si dijera que no estoy pensando en lo bonito que sería besar ese labio.

 

Agacho la cabeza y vuelvo a repasar conversaciones que nunca tendré.

 

Hola, no me conoces, pero creo que me he enamorado de tus faldas de colores.

 

Hola, nunca hemos hablado, pero creo que me he enamorado de la forma en la que miras por la ventana.

 

Hola, no sé de dónde vienes ni a dónde vas, pero creo que me he enamorado del olor de tus naranjas.

 

Hola…

 

Y entonces su mano sobre la mía interrumpe mis pensamientos. Levanto la cabeza y me está mirando con una sonrisa. Antes de que pueda decirle nada, pone en mi mano la mitad de su naranja y empieza a comerse la otra con un gesto de complicidad.

 

Como siempre, no intercambiamos palabras. Cuando llega mi estación la miro un momento antes de bajarme, pero ella ya tiene la vista perdida en algún punto del andén. Las puertas se cierran y el tren abandona el andén, y yo camino con prisa hacia las escaleras. Fuera me esperan la lluvia, el frío y un largo día de trabajo. Pero creo que hoy me da igual.

 

Hoy la boca me sabe a naranjas.

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